Perseverancia

A lo largo de su vida Jesucristo vio cómo muchos lo seguían. Pero también observó cómo "muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él" éstos eran el grano de semilla que, sembrado en pedregales, brotó pronto prometedoramente, pero "cuando salió el sol se quemó" porque apenas tenía raíces.

Proviene de la virtud cardinal de la fortaleza, y es la que inclina a permanecer en el ejercicio del bien, a pesar de las molestias que ocasione su prolongación. La perseverancia hace permanecer al hombre inmóvil e inquebrantable en la práctica de la virtud un día y otro, sin desfallecer jamás. Modera además el temor a la fatiga o al desfallecimiento por la larga duración del camino y proporciona fortaleza de ánimo.

Como hábito sobrenatural es inseparable de la gracia de Dios; perdida la gracia, se pierde la perseverancia, juntamente con todas las demás virtudes.

Es la perseverancia una de las virtudes más difíciles de mantener, ya que los hombres dado el momento somos capaces de autenticas proezas, pero carecemos de la energía suficiente para seguir adelante hasta el final en el camino que se nos ha puesto. Lo cual es inadmisible en la carrera espiritual, ya que dice Cristo en el Evangelio de Mateo que "El que persevera hasta el fin será salvo".

Pensemos, ¿De qué sirve empezar y no terminar, como el que empezó a construir la torre y la dejó a medias?¿Qué vale una vida de fervor y santidad si no se persevera en ella? Decía San Jerónimo que el Cristiano no debe tener en cuenta el comenzar, sino el terminar; y reitera también San Bernardo "a los que empiezan se les promete el premio, pero no se da sino a los que terminan".

Quien no vive la perseverancia será incapaz de adquirir las demás virtudes, pues se cansará de la lucha que implica el buscarlas, renunciando ante la primera dificultad. El creyente debe además perseverar en la oración para mantener la comunión con Dios.

Son vicios contrarios: La Inconstancia, que es desistir pronto de lo emprendido, pasando de un camino al otro. También la pertinacia o terquedad, de quienes luego de conocer lo irracional del pecado o los vicios deciden continuar en ellos, sin aceptar la llamada de Dios.

La palabra final sobre la importancia de la perseverancia la tiene el mismo Cristo cuando nos dice: "Se fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida".