Humildad

La humildad es una virtud “derivada de la templanza, que nos inclina a cohibir el desordenado apetito de la propia excelencia, donándonos el justo conocimiento de nuestra pequeñez y miseria principalmente con relación a Dios”. (1)

Dicho en otras palabras consiste en el conocimiento de nuestra bajeza, miseria y de obrar con referencia a Dios.

La humildad deriva de la templanza, porque refrena y sujeta nuestros deseos exagerados de la propia grandeza, haciéndonos conscientes de nuestra pequeñez ante Dios.

Contrariamente a lo que se cree, la humildad se refiere a nuestra relación con Dios y no con el prójimo. Nace del aceptar que el hombre es un ser creado por Dios. Esta dependencia, esta subordinación y vasallaje es el primer y fundamental acto de humildad. La humildad es tan solo eso: sabernos creados y pecadores, y por eso libremente nos sometemos a la voluntad de Dios. Al reconocer cómo es Dios y quienes somos nosotros, combatiremos nuestro afán de independencia, y de autosuficiencia, de autonomía, de sentirnos dioses, de olvidarnos de lo que realmente somos: creaturas y pecadores.

La creación del hombre ha sido un proyecto de Dios desde su origen, y no nuestro. Admitir que cuando llegamos a este mundo las reglas morales ya estaban escritas, que nada bueno podemos hacer sin la ayuda de Dios, ya no es tan fácil. La persona humana tendrá derechos naturales comunes a todos los hombres ya pensados por el Creador para su propio bien, pero habrá asimismo derechos divinos que respetar que siempre serán superiores y anteriores a nuestra llegada. “Humildad es andar en verdad” decía Santa Teresa. De ahí que la humildad sea la virtud por la cual adquirimos el sentido de la realidad y del juicio objetivo de la inteligencia. Lo paradójico de la humildad es que nos permite vernos como quienes realmente somos: seres mortales con un alma inmortal, elevados por la gracia santificante y destinados a llamar al propio Dios...Padre... en contar siempre con Su ayuda y a vivir eternamente con Él en el cielo... lo cual no es poco... sólo que todo esto, gracias a Él...

“Humus” significa “tierra” y este “abajarse a la tierra”, sentirse pequeño, es lo que transmite Abraham cuando dice: “Hablaré a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza” (Gen 18,27). Abraham reconoce que existe una dignidad superior, la de Dios.

“La humildad es la verdad sobre nosotros mismos. Un hombre que mide un metro ochenta de alto pero que dice “sólo mido un metro cincuenta de alto” no es humilde. El que es un buen escritor no es humilde si dice “soy un mal escritor”. Tales afirmaciones se hacen para que alguien pueda negarlas y, en consecuencia, obtener un elogio a partir de dicha negación. Sería humildad más bien quien dice:” Cualquiera sea el talento que tenga, éste es un don de Dios y se lo agradezco”... Así dijo Juan el Bautista cuando vio a Nuestro Señor:“Es necesario que Él crezca y que yo disminuya”. Sólo se puede llenar una caja cuando está vacía; Dios puede derramar sus bendiciones cuando el hombre se desinfla. Algunos ya están tan llenos con su propio ego que es imposible que entre en ellos el amor al prójimo o el amor a Dios”. (2)

Pocas virtudes han sido tan mal entendidas como la humildad. Para muchos, el ser “humilde” es la imagen de un individuo mal vestido, que no se hace notar, que no habla, que no opina de nada y aparenta no estar a la altura de ningún tema, que cree no tener ningún talento, que se menosprecia, que ocupará siempre el último lugar y se complacerá en ser pisoteado por todo el mundo. “A miles de hombres se les ha hecho pensar que la humildad significa mujeres bonitas tratando de creer que son feas y hombres inteligentes tratando de creer que son tontos” (3) cuando no es así. Para otros, los humildes son los pobres, y la realidad es que hay pobres que son humildes (los que aceptan con resignación y mansedumbre su pobreza porque Dios así lo ha permitido para ellos) y otros pobres que no lo son.

Tampoco será humildad el menospreciarse, el degradarse falsamente o el negar los talentos que Dios nos ha dado. Gracias a Dios, Miguel Angel, Murillo y Mozart (entre tantos otros en el mundo de las artes, de la ciencia y de la técnica) lo entendieron así y desarrollaron al máximo los talentos que Dios les había dado. Para gloria de Él, de la Iglesia y de la enorme contribución que le hicieron a la humanidad y para que, durante siglos, los hombres pudiéramos gozar de sus maravillas y beneficios. Dios ha hecho en nosotros algo realmente grande. El sano anhelo de destacarse, de sobresalir, de abandonar la mediocridad general, de hacerse de una buena posición para la seguridad y el bienestar de los nuestros y de nosotros mismos con el fruto denuestro sacrificio y de nuestro trabajo no está para nada reñido con la humildad. Nuestras capacidades morales, intelectuales, y artísticas deben desarrollarse y es normal y bueno que las personas (especialmente los jóvenes) tengan deseos de progresar en bien de los suyos y de los demás.

Si Dios nos ha otorgado algún don, está muy bien que lo valoremos y desarrollemos nuestros talentos. El Evangelio es claro en este aspecto: “Brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). Ya dijimos pero insistiremos que ser humildes no significa despreciarnos sino tener el sentido exacto de lo que somos en relación con Dios. De ahí que la humildad sea una virtud profundamente religiosa. Es más, sobre los talentos que nos han sido dados, deberemos rendir cuentas el día del Juicio. Seguramente Fray Angélico, Miguel Angel, Murillo y Mozart (por citar tan sólo algunos) aprobaron el examen. Es más, algunas almas tímidas y poco seguras de sí mismas, hasta necesitarán de cierto estímulo y alabanza, sólo que en este tema hay que tener mucho cuidado porque es un terreno resbaladizo. Estas sanas ambiciones de descollar se desordenan cuando el hombre se desorbita y cree que todo sus dones (como la inteligencia que tanto lo confunde) son por sus propios méritos y los utiliza para pecar de soberbia apropiándose de talentos que le han sido dados. Por ejemplo: Si nos destacamos en un deporte (porque tenemos los talentos para ello) está bien que lo hagamos, tanto y cuanto sea para una causa buena y noble (para representar bien al país y ser un buen modelo para los demás). No lo contrario, que el éxito y el dinero obtenido nos trastornen y nos lleven a la droga porque no habremos podido resistirnos a la presión de los malos ambientes. Si tenemos una buena voz (porque tenemos ese don natural) busquemos que las letras de nuestras canciones no confundan ni hagan la apología del amor libre, de la droga, de la homosexualidad y del delito.

Si estamos dotados para las ciencias biológicas dentro del ámbito de la medicina (por nuestra gran inteligencia), que no nos manejemos con total autonomía en materia de ética y de moral sino que recordemos que las leyes de Dios nos pondrán limites a nuestro accionar. Ya sea en la genética humana o en la reproducción artificial. Digámoslo claro, Dios no compite con nuestro éxito. Nuestro desarrollo y excelencia no le quita ni poder ni soberanía en la Creación. Él es el Creador del Universo. Y nuestro. Simplemente espera que no olvidemos éste nuestro origen. Espera que no nos apropiemos de algo que nos fue dado y también espera que lo utilicemos para el bien de los demás. Lo que Dios pretende de nosotros es que lo reconozcamos como Quien es. Que tengamos a través de nuestras vidas la actitud de la humildad expresada magistralmente en el poema que se encontró en el cadáver de un soldado norteamericano muerto en acción:

“¡ Escucha Dios! Yo nunca hablé contigo.
Hoy quiero saludarte: ¿Cómo estás?
¿Tú sabes?, me decían que no existes...
Y yo, tonto, creí que era verdad.

Anoche vi tu cielo. Me encontraba
oculto en un hoyo de granada...
¡ Quien iba a creer que para verte
bastaba con tenderse uno de espaldas!

No sé si aún querrás darme la mano;
al menos, creo que me entiendes...
Es raro que no te haya encontrado antes,
sino en un infierno como éste.

Pues bien... ya todo te lo he dicho.
Aunque la ofensiva nos espera
para muy pronto, ¡Dios, no tengo miedo
desde que descubrí que estabas cerca!

¡La señal!... Bien, Dios, ya debo irme.
Olvidaba decirte que te quiero...
El choque será horrible... en esta noche,
¡Quién sabe!, tal vez llame a tu cielo.

Comprendo que no he sido amigo tuyo,
¿pero... me esperarás si hasta ti llego?

¡ Cómo, mira Dios, estoy llorando!
¡Tarde te descubrí... !¡Cuánto lo siento!
Dispensa; debo irme... ¡Buena suerte!
(¡Qué raro! Sin temor voy a la muerte...) (4)

En líneas generales, cotidianas, y en situaciones menos límites que una guerra en que el hombre se tutea con la muerte, una actitud humilde es la que nos permitirá:

Pedir un consejo y estar preparado para escucharlo, demostrando así que otros saben en temas (o en muchos temas) más que nosotros (o tanto como nosotros) y que necesitamos ayuda para equivocarnos menos. Es muy importante no creer que sabemos todo y recibir la experiencia ajena nos achicará además el margen de error en nuestras decisiones.

Dar disponibilidad a que se corrijan nuestras faltas transmitiendo que estamos abiertos a escuchar... sin reaccionar como fieras y.. a.. modificar. Pedir disculpas, aceptando que actuado mal y que lo lamentamos. Si además logramos hacerlo personalmente o levantando un teléfono, esta virtud estará coronada de otras como el valor, la veracidad, la nobleza de espíritu y la justicia.

Pedir ayuda o un simple favor que nos hará deudores bienhechores aunque más no sea moralmente (lo que a veces nos resulta intolerable de aceptar, que estamos en deuda con alguien).

Agradecer un bien recibido, porque pondremos en evidencia que nuestra actuación no fue sólo obra nuestra. Ej: que me regalaron el capital inicial para fundar mi empresa actual tan exitosa. Que me presentaron a la persona adecuada, que me invitaron a un lugar exclusivo, especial (deportivo, académico, laboral, intelectual) al cual yo no hubiese podido acceder solo.

Respetar al prójimo y darle su debido espacio. No sentirnos desplazados al hacerlo porque nuestro afán de protagonismo nos lleve a querer brillar en todas las situaciones siempre nosotros y, en el caso de las conversaciones, imponiendo siempre nosotros los temas a los demás.

Combatir y estar atentos a la vanidad intelectual. Mortificar el deseo de brillar y complacencia en el saber, propio de las inteligencias que buscan el saber más para lucirse que para transmitir y enseñar el Bien y la Verdad.

Reconocer el buen trabajo ajeno aunque no hayamos tenido parte y ni siquiera se mencione nuestro porque no fue idea nuestra y simplemente hemos desarrollado una idea de otro. Recordemos que las maravillosas catedrales góticas que nos quedaron de la Edad Media son anónimas...

Someternos a los 10 mandamientos (porque es lo que nos está mandado) donde se nos indica el camino moral a seguir, sin que nos moleste.

Reconocer la de Dios y encarnarla en el orden social, en el mundo de la política, de economía, de la justicia, de la ciencia, de la educación, de las letras, de los medios de comunicación, para salvar nuestra alma inmortal, colaborar con la salvación de las ajenas y acercarnos a la felicidad en esta tierra.

A su vez será falsa humildad el hacerse rogar y decir por ejemplo:
“No me pidan que cante” (si realmente sabemos que podemos cantar muy bien) o decir: “No me pidan que dirija el club” si sabemos que lo haríamos bien porque tenemos dones para hacerlo. Esta falsa humildad sería lo que se ha llamado la humildad “con compensación” que es una forma de buscar alabanzas. Remar dándole la espalda al lugar adonde queremos dirigirnos con todas nuestras fuerzas. “La construcción de un edificio supone, ante todo, la excavación de un terreno, cuyo vacío se llena de hormigón; sobre él se erigen las columnas y paredes, que soportan el techo. El vaciamiento inicial del terreno es comparable a la humildad.

El hombre, al aceptar su nada, deja abierto el campo a la edificación de Dios. Los cimientos son las virtudes cardinales, que sostienen las columnas de las virtudes teologales, las cuales de alguna manera tocan el cielo. Sin la humildad es absolutamente imposible construir el edificio; pero sin las virtudes cardinales y teologales no se rellena el vacío. Es cierto que las virtudes teologales son las más importantes, ya que unen al hombre con Dios. Pero el hombre es un ser tan voluble y tornadizo que Dios ha provisto bondadosamente de un enjambre de virtudes morales, entre las cuales está la humildad, para que el edificio se mantenga incólume” (5)

San Agustín, por su parte, compara la gracia con la lluvia abundante, que si bien las cumbres altivas (como la soberbia) no pueden retenerla, sí lo hacen los valles (como la humildad). San Agustín nos exhorta a que seamos valles y recibamos la gracia de Dios que fecunda el alma y le permite florecer, ya que, a mayor humildad, mayor gracia se recibe.

El pecado opuesto a la humildad es la soberbia. Fue por falta de humildad, por soberbia rebeldía que Luzbel se insubordinó contra la orden dada por Dios dando origen a la eterna batalla entre el Bien y el Mal. Fue por falta de humildad y de obediencia que Adán y Eva pecaron dando origen al pecado original que sufriríamos por siempre todo el género humano. Fue por falta de humildad que Lutero, monje católico agustino (creyéndose superior a la propia autoridad Roma) se fue “protestando” de la Iglesia de Cristo y fundó la suya protestante partiendo la conciencia de la Europa cristiana en dos con las consecuencias que hasta hoy vivimos. Y fue por falta de humildad que, a partir de ahí los pueblos cristianos nos hemos ido alejando de las Leyes de Dios para levantar la ciudad del hombre, legislando en contra de Dios y echándolo de la sociedad y de nuestras vidas (por ese desordenado amor a nuestra propia opinión y a lo que nosotros creemos) con los resultados que hoy sufrimos.

La Humildad - Por Leo J. Mart

El soberbio vive para sí; el humilde vive en función de los demás. El soberbio se olvida de los demás por ocuparse de sí mismo; el humilde se olvida de sí mismo para servir a los demás.

Humildad es producir frutos. La humidad se puede simplificar en: frutos, obras, hechos: -hechos no palabras, decían los latinos.

Por los frutos los conoceréis dijo Jesús. El que produce frutos es humilde; el que no produce frutos es soberbio y mentiroso.

El árbol que no produce frutos levanta vanidoso sus bellas ramas al cielo; el árbol fecundo que produce frutos, baja humilde sus ramas a la tierra por el peso de la cosecha.

La higuera estéril que Jesús maldijo tenía hojas verdes y muy bellas; pero no tenía frutos. El soberbio muestra hojas verdes pero nada de frutos.

El humilde no hace ostentación de sus logros obtenidos; pero tampoco los esconde: simplemente ahí están para la gloria de Dios.

Al soberbio se le va la fuerza por la boca y sus frutos se limitan a buenas intenciones y propósitos que cuenta a todo el mundo. El humilde actúa silenciosamente y no pierde el tiempo en hablar mucho, se limita a: callar-rezar y trabajar.

El soberbio trabaja por ser visto por todos los demás; el humilde trabaja por cumplir con su deber y para darle gloria a Dios.

El soberbio vive en plan de dar la talla a los demás, aparentar ante los demás lo que no es. El soberbio vive en una mentira.

El humilde es veraz; el soberbio es mentiroso. Del humilde se puede confiar; pero del soberbio no.

El soberbio trabaja por no ser superado por los otros, por afán de competencia; el humilde va a su ritmo, al ritmo de Dios, sin importarle que otros lo superen o vayan detrás.

El humilde no mira para adelante ni mira para atrás; simplemente mira el ritmo de sus propios pasos.

El soberbio se entristece, se llena de envidia, cuando otros lo superan; el humilde se alegra del bien de los demás.

El soberbio reza y hace buenas obras si es visto por todos los demás, su oración se queda en la plaza pública y no llega hasta el cielo.

El soberbio ofrece a Dios y a los demás los frutos podridos de la tierra, como lo hizo Caín; pero el humilde, como el justo Abel ofrece a Dios lo mejor de sus productos silenciosamente.

El soberbio trabaja por darse gusto así mismo y ser admirado por todos los demás; el humilde trabaja por cumplir con su deber.

Soberbia es complacencia desmedida en sí mismo y en los propios logros; humildad es complacencia en la verdad sin hacer ostentación y sin atribuirse a sí mismo los triunfos.

El humilde siembra, pero sabe que el que produce los frutos es Dios; el soberbio siembra y si logra producir algo piensa que son sus dones y talentos los que producen los buenos resultados.

El humilde le da gloria a Dios y el soberbio se da gloria a sí mismo.

El humilde vive en función de servir a los demás y el soberbio vive en función de servirse a sí mismo y satisfacer sus propios gustos.

El humilde tiene criterio propio; el soberbio es débil de carácter y se guía por el ciego parecer de los demás.

El Dios (Dios con mayúscula) del humilde son sus buenas obras; el dios (dios con minúscula) del soberbio es la aprobación de sí mismo y la aprobación de los demás.

¿Quieres saber cuándo una persona es humilde? Si no se descompone ante la crítica y murmuración de los demás, porque el parecer de los demás nada le importa.

El humilde acepta la derrota y el fracaso con total resignación. El soberbio entra crisis, en histerias cuando no salen las cosas como él quería.

El soberbio se descompone ante la menor censura y la menor corrección. El soberbio toma la corrección como un ataque a la excelsa dignidad de su persona; el humilde agradece con amor la corrección.

El soberbio se obstina en su necio parecer; el humilde es receptivo y dócil.

El soberbio piensa que siempre tiene la razón; el humilde reconoce fríamente sus errores y trata de enmendarlos.

El soberbio piensa que todo lo merece y es ingrato; el humilde valora y agradece los favores recibidos.

El soberbio es torpe; el humilde es ágil para maniobrar y para actuar.

El soberbio es guía ciego que trata de dirigir a los demás con gran torpeza; el humilde conoce el camino lo enseña a los demás con naturalidad y sencillez.

El soberbio vive de sus necias teorías; el humilde vive de su sabia experiencia.

El soberbio quiere ser capitán sin llegar a marinero; el humilde es buen marinero y se considera indigno de llegar a capitán.

El soberbio desprecia lo pequeño y solamente le interesan las cosas grandes; el humilde es fiel en lo poco y su fidelidad lo lleva a que le confíen cosas grandes.

El soberbio se eleva hasta los cielos y cae en los infiernos; el humilde se queda en la tierra y ahí está siempre demasiado firme.

El soberbio quiere ser profesor cuando no pasa de ser mediocre alumno; el humilde aunque es brillante alumno quiere ser siempre discípulo.

El soberbio siempre se las tira de maestro y piensa que sabe más que todos los demás. El soberbio en su gran ingenuidad piensa que los demás son tontos y que el inteligente es él.

La humildad es luz que alumbra silenciosamente y como el astro sol alumbra a todos sin hacer ostentación ni ruido.

El bien no hace ruido ni el ruido hace bien. Al soberbio le interesa el ser visto; al humilde le interesa hacer el bien.

Al soberbio le interesa mostrar el brillo de las fotos; al humilde le interesa el brillo de las obras sin importar mostrar a nadie.

El humilde, como fuente silenciosa corre humilde por su cauce pero a todo el que se acerca le quita la sed. El soberbio es río borrascoso que al que se acerca se lo lleva en su corriente.

El pájaro humilde vuela sin hacer ruido y se eleva hasta los cielos; pero la gallina soberbia hace ruido, y no es capaz de levantar su vuelo. El soberbio habla mucho pero no es capaz de salir de su corral.

El humilde trabaja con constancia; el soberbio pierde el tiempo y es inconstante en todos sus proyectos.

El humilde labra la tierra un día y otro; el soberbio se cansa en el primer intento si no tiene la admiración de los demás, que es lo que busca.

El soberbio es de carrera corta mientras tiene aplausos; el humilde resiste maratones sin importar ser alabado.

El humilde vive de la realidad, de la verdad; el soberbio vive de sueños imposibles, de sus falsas ilusiones y mentiras.

La soberbia es una farsa; la humildad es la verdad.

El soberbio es un ladrón que le roba gloria a Dios; el humilde es hombre justo que le da la gloria a Dios.

El soberbio piensa que no necesita de otros y rechaza toda ayuda; el humilde sabe que necesita de otros e inteligentemente pide ayuda.

El soberbio al final se queda solo saboreando la amargura de esterilidad, de su vanidad y su egoísmo; el humilde siempre es buscado por los otros y admirado por sus buenos resultados.

La soberbia quita y la humildad siempre da. La soberbia entierra los talentos, la humildad multiplica los talentos recibidos.

El soberbio vive para sí; el humilde vive en función de los demás. El soberbio se olvida de los demás por ocuparse de sí mismo; el humilde se olvida de sí mismo para servir a los demás.

Es tan bella la humildad, que María, la doncella de Nazaret, fue escogida por el Padre Dios para ser Madre de su Hijo, por su humildad: 'El Señor se fijó en mí por mi humildad' -dijo María en la casa de su prima Isabel, y agregó para Ella una alabanza verdadera:'Todas las generaciones me llamarán bienaventurada'

El humilde no rechaza los honores cuando son ciertos; pero no los busca ni se queda en ellos. No rechazó Jesús las alabanzas de todo el pueblo cuando entró triunfante a Jerusalén.

Llamó la atención a los soberbios fariseos, que Jesús que se ponía como ejemplo de humildad, se presentara como el Hijo de su Padre Dios, y que se presentara como Rey. Es que la humidad no oculta ni niega la verdad.

El Papa Pio X hizo en vida muchos milagros. Un cardenal le dijo: 'Me cuentan que usted está haciendo aquí muchos milagros' el Papa le respondió fríamente, sin darle mayor importancia al asunto: 'Sí, es que a aquí le toca a uno hasta hacer milagros' El humilde no niega los dones ni talentos recibidos, pero no se vanagloria de ellos.

Santo Tomás: “Para conseguir la humildad necesita el hombre dos cosas: la gracia de Dios, y en este sentido precede lo interior a lo exterior; segundo, el esfuerzo humano, por el que comienza moderando los movimientos externos y, al fin, llega a dominar la raíz interior del mal.

Así pues, en el cultivo de la virtud de la humildad, como en el de cualquier otra virtud, Dios trabaja de adentro hacia afuera, mientras que el hombre trabaja de afuera hacia adentro. Y por eso, por lo que respecta a éste, tiene que empezar a esforzarse por vivir la humildad por los actos externos. Lo interior es lo más difícil y de ello se encarga Dios primero y preferentemente. Lo exterior es lo más fácil y de ello se encarga el hombre primero y preferentemente.

La paz procede de la humildad, porque por la humildad el hombre se somete a Dios y, por tanto, no tiene necesidad de resistirle. Nadie puede tener paz con Dios si no es obedeciéndole humildemente: “Él es sabio de corazón y robusto de fuerza: ¿Quién le resiste y tiene paz?” (Jb 9, 4). Efectivamente, si la humildad implica sobre todo sujeción a Dios, la soberbia comporta principalmente insumisión o resistencia a Dios. De ahí que los impíos o soberbios no pueden tener paz: “No hay paz, dice Yahvé, para los impíos” (Is 57, 21).