Pretendemos tomarnos el mundo para que Reine Dios en él, y arrojar a Satanás de la faz de la tierra. Somos guerreros del Reino de Dios.

Somos un Ejército de paz en orden de batalla de Oración.

La Comandante del Ejército que ha de aplastarle la cabeza a la serpiente es la Madre de Dios, Santa María. Ella es ejemplo de obediencia y humildad.

Ninguna guerra se ha ganado sin una gran estrategia y sin rígida disciplina.

Para alcanzar la victoria se necesita estar al comienzo en una situación de superioridad; pero aún así se puede fracasar, sino manejas bien tus fuerzas.

La fuerza nuestra es superior: Dios. No fracasaremos mientras escuchemos con nitidez su Voz Divina, en la sencillez omnipotente de la vida de oración.

1. Atacar con naturalidad y sencillez al enemigo, sin llamar poderosamente la atención.

Lo nuestro es el apostolado personal, de uno en uno; de doce en doce hasta tomarnos para Dios el mundo entero. Sin llamar la atención con uniformes ni con ningún tipo de distintivo. Sin hacer publicidad ni sin hacer ostentación de nuestros logros, porque no son nuestros sino de Dios. Nunca diremos cuántos somos: ahora porque somos pocos, luego porque seremos muchos. Pero nuestra fuerza nunca radicará el la cantidad de los soldados sino el la calidad de nuestra entrega obediente a la vida de oración.

2. Atacar indirectamente al enemigo y no directamente.

Lo nuestro es dar doctrina. Lo nuestro no es pelear con nadie. Lo nuestro es no tirar perlas a los cerdos. No habrá cerdo que se venga furioso contra ti si no lo atacas. Lo nuestro es inundar el mundo del amor de Dios, sin ponernos a pelear con los que odian. Ahogar el mal con abundancia de bien.

3. Hacer que el enemigo se destruya solo.

Nunca hacerle publicidad al error. Ignorarlo. Dar la doctrina correcta cuando hay un error de moda, sin hacerle publicidad a los que propagan el error; seríamos idiotas útiles de ellos.

4. Llegar antes al campo de batalla.

Primero oración y luego acción. La oración siempre llega de primero al campo de batalla y desgasta al enemigo. Saber esperar: a veces la paciencia nuestra en soportar el ataque, desgasta más al enemigo que poniéndole a pelear. La prudencia nos dirá cuando hay que esperar y cuando es el momento de atacar.

5. El enemigo dividido está maduro para ser conquistado.

"Todo reino dividido contra sí será desolado", dice la Escritura. Nuestra fuerza siempre radicará en la unidad con el Director que Dios nos ha puesto y en la unidad entre nosotros. Entre nosotros no cabe la murmuración ni la crítica. Lo que no nos guste lo decimos de frente y a la cara, personalmente y sin herir; y estamos dispuestos a aceptar con docilidad y humildad el parecer contrario al nuestro del Director.

Vivimos también la corrección fraterna. Hay que detectar a los murmuradores y con espíritu crítico y farisaico, y expulsarlos de la Ciudad.

Vivimos el Día de Ronda: cada uno tiene un día para rezar más por cada uno y vigilar así los muros de la ciudad para que no entre el enemigo.

6. Al enemigo hay que atacarlo por sorpresa.

Los planes de Dios nunca se cuenta. Las cosas que debemos hacer, se hacen, sin advertir a la familia ni a los amigos, porque el enemigo satanás se valdrá de ellos para poner todo tipo de obstáculos.

Nunca hay que pedir permiso a nadie para obedecerle a Dios, para hacer lo que Dios quiere de ti. Primero actúa, y después de actuar, que se entere y critique el mundo entero, pero ya lograste el objetivo.

satanás es valiente para atacar un proyecto, pero cobarde y débil para atacar un hecho cumplido.

7. Recordar que Dios creó el mundo de la nada.

Quien espera tener recursos para emprender un proyecto, nunca lo logrará. Se comienza con lo poco que se tiene y Dios irá mandando el resto. Las grandes catedrales han comenzado siempre por el primer ladrillo, pero la constancia de la fe puso el techo de último.

Lo que comienza con grandes masas dura poco. Lo que comienza pequeño afianza sus raíces como un roble fuerte.

Cuando la madre naturaleza quiere producir una calabaza se demora seis meses; pero cuando quiere producir un roble tarda cien años. Ten paciencia. En tu vida de apóstol no pretendas ver el fruto de inmediato. La Palabra de Dios es una semilla frágil y pequeña que demora largo tiempo en retoñar; pero luego, con tu riego de oración se hará un árbol fuerte que dará muchos frutos.

Los grandes imperios económicos no han surgido de la noche a la mañana: han comenzado pequeños, pero la constancia y la paciencia de sus dueños, hizo que sus nietos recogieran las ganancias. Nosotros no sembramos para recoger nosotros sino para que otros recojan los frutos de sudor de sangre de nuestra siembra.

¡Que bonito sembrar para que sean otros los que recojan los frutos generosos de nuestro sacrificio y nuestra entrega!.

8. El ataque tiene éxito cuando el enemigo descuida la defensa.

Nosotros nunca descuidaremos la defensa: ¡la vida de oración!. El día que no hagamos oración, habremos descuidado en nuestra vida la Ciudad de la Oración; la fortaleza de nuestra defensa: la oración. Sin oración, se destruye la Ciudad de la Oración.

9. Siéntate en lo alto de la montaña y observa como lucha el enemigo.

Moisés no fue a la guerra. Moisés se quedó con los brazos elevados al Cielo en oración. Cuando subía los brazos ganaba el ejército de Dios, cuando los bajaba ganaba el enemigo. Nosotros mantendremos siempre los brazos arriba en oración y será Dios quien destruya al enemigo.

10. Por falta de prudencia los hombres no ven el peligro.

El imprudente no ve el peligro donde hay un gran peligro. El imprudente minimiza el peligro y minimiza al agresor.

¡No hay enemigo pequeño!. La gracia de estado que Dios le ha dado al Director, cualquiera que sea, le hace ver las cosas a diez mil kilómetros de distancia. Si el Director, o quien nos lleva la asesoría en nombre del Director, nos dice que hay peligro, que algo no conviene, le creemos de inmediato.