A una cosa tengo miedo y cada vez se hace más grande mi temor: a ofender a Dios.

En la medida que más se ama a alguien, más se siente el temor de perderle u ofenderle: en eso consiste el santo temor de Dios.

La Escritura dice, sobre el temor de Dios: <Servid a Yavé con temor y rendidle homenaje con temblor santo> Salmo 2, 11

¿Para qué hay que tener temor de Dios? La Escritura te responde: <Para que Yavé no se aírie y caigáis en la ruina, pues se inflam de pronto su ira> Salmo 2, 12

El temor de perder a Dios es un don del Espíritu Santo que debes pedirlo al Señor todos los día de tu vida.

Muy cerca del amor está el temor. El marido infiel no teme perder al su esposa porque no la valora ni la ama. El marido que ama a su mujer teme perderla y por eso trata de serle fiel.

El que ama a Dios teme perderle eternamente y por eso trata de serle fiel.

La madre se levanta a media noche cuando llora su hijo, por amor y por el temor que no le vaya a pasar algo grave.

La única tragedia que existe es el pecado; que aunque se subsana fácilmente con una buena confesión adolorida, las consecuencias del pecado son funestas.

Dios perdona los pecados; pero no deja de hacer justicia y castigar severamente aquí, para no tener que castigar definitivamente allá.

Rompes un vidrio al vecino. Vas y le pides perdón. El vecino te perdona y te mantiene la amistad; pero te dice que le pagues el vidrio que rompiste. Eso hace Dios: te perdona; pero te exige que le pagues el daño que hiciste.

Las deudas con los hombres y con Dios se pagan con dinero, con trabajo o con sangre.

El temor de Dios, el temor de no perder su amistad, te lleva a pagar las ofensas que tú has hecho.

A Dios se le paga con limosna generosa, los primeros cristianos lo entregaban todo para restituir la deuda de los pecados: <la generosidad borra la miseria de los pecados> -dice el apóstol Santiago.

A Dios se le paga con buenas obras (apostolado) trayendo gente para que también le pague a Dios por ti.

A Dios se le paga con oración. Tú puedes hacer muy poco; la oración se encarga de hacer el resto.

Sírvele al Señor, con gran temor, te lo dice la Escritura. No le sirvas al Señor a regañadientas, sírvele con amor y con temblor.

La ira de Dios se inflama para destruir a unos y para corregir a otros.
Dios a los hijos que ama los castiga muy serveramnete, como severamente castigó al Rey David.

La Escritua para describir a un hombre santo lo denomina: <Hombre justo y temeroso de Dios>

Dice el Evangelio que la gente cuando escuchaba a Jesús, queda llena de temblor. Un hombre de Dios produce temblor santo al hablar; y el que no es de Dios trata de ganarse simpatías y oculta la verdad.

Santo Tomás de Aquino decía que le impresionaba un hombre que fuera capaz de acostarse en pecado mortal, sabiendo que podía despertar en el infierno.

Impresiona que un hombre, una mujer, se someta a una operación sin confesarse, cuando de la clínica puede despertar en los tormentos eternos. Impresiona que una persona se monte en un avión sin confesarse sabiendo que puede aterrizar en los infiernos.

Tantas muertes cada día, tantas tragedias, tantas almas que se precipitan cada día a la eterna perdición cuando menos lo esperaban.

No creas que todo el que se muere va derecho a gozar de Dios eternamente: como se vive se muere. <El que muere en pecado mortal, se abren de inmediato las puertas del infierno para él> -dice una de nuestras Instrucciones.

Pero el castigo del pecado no es una realidad lejana y futura, exclusiva para el momento de la muerte, no. Dios castiga el pecado en vida muy severamente.

Dios castiga el pecado con enfermedades, con falta de trabajo, con quiebra en los negocios, con terminación del amor y destrucción del hogar. El pecador sube como palma y cae como coco.

Dios castiga el pecado llevando a la gente a la escases y al fracaso, porque Dios al pecador le retira su providencia. Dios castiga el pecado llevando a la locura, a la desesperanza y al suicidio.

El que no le teme a Dios se llena de temor ante el futuro y de temblor ante el presente. El que le teme a Dios va seguro por la vida sabiendo que lo acompaña la protección de Dios a cada instante y está seguro del triunfo y la victoria.

El que no le teme a Dios le teme a los hombres y hasta al ladrido de un perro amarrado.

Parece paradógico, pero la consecuencia del amor es el temor. El que ama su carro lo maneja con cuidado y con cierto temor a que lo choquen. El novio que ama a su novia le llega puntual por el temor a que por descuido se rompa la relación. La esposa que ama a su esposo se arregla a la llegada de su marido por temor a contrariarlo. El subalterno que valora su puesto y su trabajo le corre al jefe por temor de ir a cometer un error y así perder el puesto. El buen estudiante prepara muy bien los examenes por temor a perder la materia.

Ama el que valora lo que tiene y teme perderlo por descuido.

El necio que no valora lo que tiene y no teme perderlo, se le aplica aquello que: <el bien no es conocido hasta que no es perdido>

Ama a Dios teme la posibilidad de perderlo por tu culpa y tu descuido.