Fortaleza

La fortaleza es la “virtud cardinal infundida con la gracia Santificante que enardece el apetito irascible y la voluntad para que no desistan de conseguir el bien arduo o difícil ni siquiera por el máximo peligro de la vida corporal”. (1)

Es la “disposición para realizar el bien, a costa de cualquier sacrificio y venciendo todas las dificultades”.

Dicho en otras palabras, la fortaleza “es una virtud sobrenatural que da fuerzas al alma para correr tras el bien difícil, sin detenerse por el miedo ni siquiera por el temor de la muerte”.

Los actos de la fortaleza son dos: emprender cosas arduas y soportarlas. Emprender es acometer, tomar el camino del bien para vencer, intentarlo, y tener la valentía para encararlo. Y soportar es tener a su vez la fuerza y la paciencia para resistir, tolerar y sobrellevar todas las dificultades y los sufrimientos, aunque sea la muerte.

La Fortaleza es Virtud y es a la vez un Don del Espíritu Santo, que nos lleva a resistir con constancia los obstáculos por la causa de Dios. Por la Fortaleza viviremos las virtudes de la fidelidad, paciencia, constancia, permanencia y lealtad con nuestra vocación. “Soporta con paciencia todas las pruebas como fiel soldado de Cristo”-le decía Pablo a uno de sus discípulos, a Timoteo-.

Si la Prudencia es la virtud del gobernante, la Fortaleza es la virtud del guerrero. Nosotros somos guerreros gobernantes que tratamos de gobernar nuestras pasiones y luchar contra ellas.

El Señor nos lo advirtió: “Con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas”. Es decir, con nuestra Fortaleza seremos fieles a nuestra vocación y llegaremos a la meta esperada: ¡la vida eterna! “La paciencia todo lo alcanza”-dice Santa Teresa-.

Nuestra Fortaleza es prestada: “Vuestra fortaleza es prestada”-dice Pablo-. Contamos siempre con el poder de que está dispuesto a darnos su Fortaleza. Pidámosle al Señor que nos haga fuertes en la fe, como decía Pablo: Fortes in fidei.

La sociedad moderna está tan intoxicada moralmente y nos contraría tanto el sentido común que el obrar diariamente según la virtud se ha vuelto una empresa heroica. Hoy hacen falta virtudes heroicas para resistir a la propuesta general que nos impone la revolución anticristiana desde los medios de comunicación, los colegios, las universidades y las expresiones culturales de todo tipo.

Para educar en la fortaleza a los jóvenes habrá que insistir en inculcarles desde la infancia infinidad de actos pequeños. Habrá que escuchar llorar a la niña en vez de comprarle la décima muñeca que acaba de salir (aunque sea más fácil para nosotros comprársela) pero mucho más formativo y provechoso para ella quedarse sin ella. Habrá que negarse a cebarlo con caramelos para que se quede tranquilo y no grite, habrá que dejarlo a la hora de dormir en su dormitorio con las luces apagadas y no con toda una batería de luces para que no tenga miedo, habrá que enseñarles a comer lo que tienen delante y de todo y no “elegir” sólo lo que les gusta, etc.

Estos pequeños renunciamientos, de los cuales la vida cotidiana está llena, ordenan toda la vida de un niño y lo preparan para pruebas mayores que tal vez los esperen y habrá que poder superarlos virilmente. Ese era el sentido de la famosa frase que se decía antaño a los varones desde pequeños “los hombres no lloran”… En realidad los hombres pueden y deben llorar legítimamente sus tristezas cuando la causa lo valga. Tiene derecho a hacerlo. Lo que se trataba de transmitirles con estas palabras era un mensaje de fortaleza. De darles ánimo para desarrollar esa capacidad de mantener el dominio de sí frente a la adversidad, por su natural función de protector a la que el varón está llamado.

Como cabeza de familia a futuro, el varón deberá tener desarrollado el ejercicio de la fortaleza, para permanecer fuerte y transmitir seguridad a su alrededor. De saber sacar de circulación las grandes preocupaciones para resguardar la tranquilidad del ambiente familiar tan necesario para que los niños crezcan felices. Todos los niños deberían poder sentir esa maravillosa experiencia de la infancia que es cuando uno siente que su padre es el hombre más poderoso de la tierra… Y para esto hay que ser fuertes. La vida presenta muchos embates. Y quienes están llamados a estar al frente de (ya sea de una familia, de una institución o de un país) tendrán que estar preparados para enfrentarlos. Y la fortaleza no se improvisa en la vida adulta, se debe ejercitar desde la niñez.

Pensemos en actos sencillos como:
Ofrecer y llevar nuestras penas y sufrimientos diarios en silencio y hasta con una sonrisa (resistiendo la tentación de hacernos las víctimas continuamente y ante todo el mundo). No quejarnos por todo, por el frío, el calor, la humedad, los ruidos, la temperatura del agua, porque la ensalada tiene rabanitos y no nos gustan, por cada pequeña incomodidad. Dominar el sueño, el cansancio, la rotura del auto, las inclemencias del tiempo (que contradicen nuestros planes).

Controlar nuestras ganas de reaccionar ante todos los comentarios vanos y superficiales que nos toca soportar (producto muchas veces de las limitaciones del prójimo).

Para después pasar a otros ya no tan sencillos como:
Saber guardar un secreto o confidencia sin sentir la necesidad imperiosa de levantar el teléfono y contárselo a todos. Muchas veces la vida nos presentará situaciones en las cuales deberemos guardar confidencias que nos habrán hecho corazones desbordados (pero que confiaron en nosotros) que debiéramos saber llevar hasta la tumba. Como: un tercer hijo que no es hijo de su aparente padre sino de un amante de su madre, una homosexualidad que no es conocida públicamente, una violación que ha sufrido una persona pero que quiere conservar como su secreto, etc. Ser capaces de romper una relación o noviazgo cuando no conviene o sabemos que no funciona y saber mantenernos firmes, con dignidad, sin llamar desbordados todos los días por teléfono o mandar docenas de mensajitos por el celular...

Conservar y defender la virginidad como Dios nos manda aunque la propuesta general sea de mofa y burla ante nuestros valores cristianos. Aceptar las contrariedades y lo que pueda ocurrirnos con fortaleza porque puede resultar una cruz muy pesada a través de toda la vida como: tener una mujer que resultó ser una haragana y no se hace cargo del hogar, que no sabe administrarlo y malgasta el sueldo de su marido. Una madre que descuida enormemente la educación de sus hijos y que obliga al padre a un doble esfuerzo (a hacer de padre y madre) durante años. Un marido que no se hace cargo de la responsabilidad de sostener su hogar, que tira el dinero en el juego o en sus gustos y caprichos desprotegiendo y rifando la seguridad de los suyos generando una enorme inestabilidad, etc. Un jefe con dinero pero indigno e incapaz que da órdenes caprichosas y humillantes pero que debemos soportar para llevar el sustento a nuestro hogar. Un superior de una comunidad religiosa a quien cuesta respetar por su conducta indebida pero que el voto de obediencia nos lo exige, etc.

Todas estas situaciones van surgiendo en las vidas de las personas. De ahí que debamos educar en el esfuerzo, en los proyectos que deben defenderse y llevarse a cabo (no los que se abandona en el camino) y estimular a los jóvenes a proponerse metas pequeñas pero reales que, aunque les cueste, valdrán la pena. Toda meta debe ser proporcionada para que sea atractiva, (como levantarse cuando suene el despertador, bañarse aunque el agua no esté lo caliente que quisiéramos, comer la comida aunque le falte sal) pero saber que nada valioso se consigue sin una enorme cuota de esfuerzo y superación personal, y que comienza desde el ejercicio de lo pequeño.

Por el contrario, “malcriar” es, como la palabra indica, criar mal. Es no limitar los deseos, es dar la impresión a un ser desde la infancia, de que todo le está permitido y a nada está obligado. La persona que crece en este desorden ni se fortalece ni adquiere la experiencia de sus propios límites.

Presionando desde la adolescencia sólo sobre sus derechos y no tomando en cuenta sus obligaciones (y mucho menos los derechos del prójimo) llega a creer que sólo él existe, y se acostumbra a no obedecer ni someterse a los demás, a no considerar a nadie como superior, con más jerarquía y autoridad. Si criamos mal, consintiendo en los caprichos, estaremos cercando a la persona en sí misma y construyendo futuros monstruos de egoísmo.

“La supresión de las obligaciones y de las contradicciones exteriores entrega al hombre a la tiranía de lo que hay de menos humano en él: sus apetitos inferiores, sus caprichos y, lo que es peor aún, su repugnancia al esfuerzo, que le sumen en un estado de indiferencia y de aburrimiento”. (2) Recordemos que la felicidad es una puerta que se abre hacia fuera, hacia los demás.

Se dice que la pureza es fuente de fortaleza. La Virgen fue la más fuerte porque fue la más pura. Exenta de todo pecado. Por sus venas corría sangre pura sin ardores de concupiscencia. En el Monte Calvario, durante la tormenta desencadenada por los pecados de los hombres, junto a la cruz de Jesús estaba su Madre, Reina de las vírgenes, y un solo discípulo, Juan, el discípulo virgen también... Cuanto más puras son las personas más fuertes son para soportar las penas del alma y los dolores del cuerpo... La fortaleza del cedro para resistir los vendavales y las tormentas, proviene también de sus raíces. Las raíces del cedro penetran profundamente en las entrañas de la tierra y se agarran como brazos de acero a la roca viva. Los vientos las sacuden, pero no le arrancan. Esas raíces profundísimas absorben el jugo de la tierra y con él alimentan y robustecen las vigorosas ramas para que ellas también resistan la furia de los vendavales.

La vida se va haciendo cada vez más superficial. Se vive de impresiones, no se vive de convicciones; y las impresiones son inestables. Cuanto más se fomenta la vida de los sentidos, menos abundan las almas de vida interior. Hay pocas personas que mediten; por eso hay pocos cedros robustos y muchas cañas que se quiebran con un viento ligero.” (3)

Fortaleza es la Virtud Cardinal que nos lleva a atacar o resistir hasta la muerte, si es del caso, por la causa de Dios. La máxima expresión de la Virtud de la Fortaleza es el martirio.

Los mártires, testigos de Cristo, vivieron la Fortaleza en grado heroico, hasta la muerte, sin quejarse; felices de morir por ser testigos de Dios. San Ignacio de Antioquia, cuando había sido preso, sus discípulos se ofrecieron a interceder por él ante el césar y el santo respondió: “¡no me vayan a privar del honor de morir mártir por Cristo!”

La fortaleza a su vez, para resistir los embates de la vida y de arremeter en las buenas empresas y en su debida proporción, para que sea virtud, debe estar regida por la razón e iluminada por la fe. Debe estar gobernada por la virtud de la prudencia para no correr peligro de caer en la osadía, que desprecia lo que le indica la prudencia y sale al encuentro del peligro sin reflexionar, de una manera desproporcionada como lo sería: tratar de apagar nosotros solos un bosque o un edificio en llamas.