Excelencia

Cristo nos dice en el Evangelio que: "debemos ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto"; Pero siendo tan débiles y tan imperfectos como somos los seres humanos ¿Es posible alcanzar esta perfección? y ¿Cómo lograrlo?

Sí es posible, puesto que Cristo nos llama a ello, siempre y cuando luchemos y contemos con Dios que es el ser absolutamente perfecto. Para esto necesitamos entonces de las virtudes, pero es fundamental una en especial puesto que es la que hace que todas las otras virtudes alcancen su nivel máximo, es la Excelencia.

Como virtud está íntimamente asociada al optimismo y a la perfección. El optimismo es la mirada positiva, la perfección es la meta y la excelencia es el camino.

Para buscarla debemos hacer absolutamente todo lo mejor posible en cada aspecto de nuestra vida, a cada momento y en todo lugar; dando lo siempre lo mejor de nosotros mismos dentro de las circunstancias en que nos toca vivir, para que el resultado sea óptimo. Esto quiere decir que en nuestra vida no hay lugar para la mediocridad, no hay lugar para hacer las cosas a medias, siempre debemos estar actuando a la luz de la excelencia. Miremos entonces que todo lo bueno viene de Dios y como dice en las Escrituras: Dios todo lo hace bien; es por ello que siempre que hagamos las cosas bien y a la luz a de la verdad vamos a estar siendo excelentes.

Nos explica Aristoteles que " La excelencia es un arte ganado por el entrenamiento y el hábito. No actuamos recto porque tenemos virtud o excelencia, pero tenemos algo estos porque hemos actuado recto. Somos lo que lo hacemos. La excelencia, entonces, es un no acto sino un hábito." Aquí entonces podemos comprender que no somos excelentes por haber actuado bien una que otra vez, somos excelentes en la medida que actuemos rectamente todos y cada uno de nuestros días, por esto es una virtud, porque es un hábito operativo bueno.

Nos explica también que es un producto del entrenamiento, vemos por ejemplo a los atletas, los músicos o a personas que sobresalgan en cualquier área, es porque se han entrenado, han practicado de manera continua, se han esforzado y han luchado por ser no solo medianamente buenos en lo que hacen, sino excelentes. Pero esto no sólo aplica en el campo físico o en los talentos individuales, sino que esta virtud es fundamental para la excelencia emocional, la excelencia moral, la excelencia interpersonal, así como la excelencia intelectual. Todos tenemos el potencial de ser personas excelentes pero nos tenemos que vencer a nosotros mismos. En CiudadOración nuestro lema ha sido este: Exelencia exigencia.

Cuando buscamos esa excelencia en otras facetas, por ejemplo cuando buscamos ser excelentes en el trabajo, alcancanzamos virtudes como la eficacia y al laboriosidad, cuando buscamos ser excelentes en nuestra vida interpersonal alcanzamos virtudes como la caridad, la afabilidad y la amistad, es entonces esta virtud de la excelencia un medio para llegar a todas las demás virtudes.

Quien es excelente no puede vivir de forma cómoda o indolente, sino que vive para obrar, para actuar, para producir resultados, en el campo espíritual una persona que busca la excelencia es la que produce frutos. Jamás se sienta a esperar a que las cosas sucedan, más bien se levanta y trabaja, con ambas manos, con objetivos claros sobre lo que quiere ser y hacer. La Tibieza es la mediocridad en el campo espíritual. Para algunos que están algo confundidos, el concepto de aceptar la voluntad de Dios quiere decir sentarse y esperar a que ocurran las cosas, pero para que Él actue en nuestras vidas tenemos que tomar nosotros la inciativa, tenemos que poner nuestros pocos panes y peces y Dios pone lo demás.

Pero no solo actuan, sino que no se dejan vencer por las dificultades del camino, al saber que están luchando por esa perfección a la que Cristo los llama, la persona excelente, es entonces fuerte porque no se deja derrumbar por los problemas, sino que sabe buscar la salida a ellos, los ve como oportunidades para aprender y mejorar.

Las personas que buscan esta virtud son íntegras, porque actuan como piensan, hablan de acuerdo a sus creencias y sus intenciones, no hay en ellas doblez ni hipocresía. Son personas que buscan ideales cada vez más altos y no hay ideal más alto al que se puede aspirar que la salvación del alma, es decir llegar al cielo, por lo tanto la busqueda de la santidad es un compromiso firme a alcanzar la excelencia.

En pocas palabras esta virtud debe afectar cada espacio de nuestra vida, nos lleva a ver ese potencial ilimitado, esa perfección que somos capaces de alcanzar teniendo a Dios con nosotros y luego a invertir en lograrla nuestro esfuerzo, nuestra creatividad y nuestra dedicación.

A diferencia del "perfeccionista" que se detiene obstinadamente en la perfección de aquello que quizá no sea lo prioritario o más importante, el que va por el camino de la excelencia convierte todo lo que ve y toca en algo importante, valioso y digno de ser admirado. El perfeccionista actua con soberbia, puesto que se cree ya perfecto e irreprochable en sus acciones, el excelente por el contrario sabe que siempre puede crecer y mejorar.

Una frase que define la virtud es: "Si vamos a hacer algo, ¡hagámoslo bien!" Sin embargo, no debemos descuidar la regla de oro para discernir entre una virtud de un vicio o un defecto, por ejemplo, aquellos que obran mal pueden llegar a hacer este mal muy bien hecho, pero esto no tienen nada que ver con la excelencia, más bien se trata de personas que tarde o temprano se destruyen a si mismos. ¿Y cuál es esa regla de oro para determinar si un acto es excelente o no? Sólo la práctica del bien supremo, es decir el bien que beneficia a todos los seres y abraza a todos los niveles más amplios de nuestra existencia, la familia, la sociedad, la nación y el mundo, esto es lo que hace que nuestras acciones tengan ese título de excelentes.

El hombre y la mujer excelentes necesariamente están llenos de virtud. Esto no quiere decir que no cometan errores o que hayan ya alcanzado esa perfección, pero no importa si se equivocan a veces, se vuelven a levantar y siguen trabajando para no dejar de crecer, porque saben que dejar de crecer es morir, si paramos nos condenamos. Por eso viven, por eso obran, porque saben que es lo correcto y es la forma de cumplir con ese llamado a la perfeccion. Este es entonces un llamado a empezar a ver como Hijos de Dios nuestro propio potencial, todo bueno que podemos llegar a ser y hacer.