Benedicencia

Para comprender el significado de la palabra Benedicencia nos debemos remitir al vicio de la Maledicencia, el cual significa la costumbre de hablar mal de las demás personas; por lo que inferimos que la Benedicencia es todo lo contrario, es aquella virtud que nos lleva a hablar siempre bien de nuestro prójimo.

Esta virtud nos lleva a regular lo que decimos sobre los demás y cómo lo decimos. La palabra puede llegar a ser más hiriente que la más mortífera arma; con una sola palabra podemos lastimar, crear traumas e incluso matar el espíritu de otra persona. Con una mala palabra se puede llegar a alejar a alguien de la vocación que Dios le ha dado, crear rencores y dificultades en donde no existían.

Viene la Benedicencia de la mano de la virtud de la Caridad, ya que si realmente amamos a nuestro prójimo y vemos en él a Cristo, ya no existen razones para que hablemos mal de nadie. Por lo tanto la Maledicencia es una ofensa directa a la caridad, ya que no existen motivos para difundir los defectos, errores o pecados de los demás, llegando incluso a dañar su reputación, incluso aunque esto fuese verdad.

En CiudadOración, practicamos el consejo o corrección fraterno, el cual es una amonestación llena de amor, con el objeto de que una persona corrija un defecto, adquiera una virtud o mejore en la convivencia con los demás; esto se hace a la cara de la persona para que se pula a sí misma, nunca a sus espaldas porque entonces se caería en la murmuración. Esto es una obra de misericordia que todos deberíamos practicar, de esta forma se evitaría hablar mal de los demás cuando caigan en algún error.

Existe una historia que nos ayudará a comprender mejor las consecuencias de la Maledicencia: En una ocasión un penitente se acusó de haber difamado a una persona. El sacerdote le pidió que antes de darle la absolución, fuera al día siguiente con una almohada de plumas a la iglesia. Ese día subieron los dos al campanario y el sacerdote le pidió que destruyera la almohada. Al momento, las plumas se esparcieron por toda la ciudad. El sacerdote le hizo ver que eso mismo sucedía con la Maledicencia y la difamación, no se sabía hasta dónde podían llegar y no había manera de detenerlas o de resarcirlas.

El hombre que domina su lengua es un hombre perfecto, nos dice el apóstol Santiago. Al mismo tiempo, nos advierte que la lengua, aun siendo un miembro muy pequeño, puede ser fuego que incendie el ambiente o un veneno mortífero. Y termina diciendo que no podemos con la misma boca bendecir a Dios y maldecir a los hombres. (cf. St 3,1-12).

La virtud de la Benedicencia se debe promover desde el interior de las familias. Evitar los comentarios negativos sobre los miembros, las peleas y las quejas. Buscar siempre palabras positivas para referirse el uno sobre el otro. Hay que evitar también los diferentes medios de comunicación cuyo fin sea hablar de los demás o plantear historias ficticias que promueven vicios como la mentira, la calumnia y la difamación.

Esta virtud es también contraria al juicio temerario, el cual admite como verdadero, sin tener motivos suficientes, un defecto de otra persona. Estos llevan a la sospecha y a rechazar al prójimo; es una triste realidad en la que se cataloga a una persona por su físico o algunas actitudes, interpretando negativamente sus intenciones.

Quienes critican a los demás generalmente están atribuyéndole a ellos sus propios defectos. El corazón bondadoso, en el que habita Dios, siempre trata de pensar bien, perdonar y comprender. Tiene presente la maldad de su propio corazón, pues se conoce y trata de vivir la virtud de la humildad. Además sabe que el único que tiene la potestad de juzgar es el mismo Dios.

La Benedicencia, bien decir, exige una conquista personal y continua, pues no se da de forma espontánea. Tiene su origen en lo profundo de nuestros corazones cuando tenemos por hábito el pensar siempre bien de nuestro prójimo y estimarlo sinceramente. Implica mantener una ardua vigilancia sobre nuestros pensamientos, combatiendo los prejuicios y cultivando virtudes como: la bondad, compresión, afabilidad, cortesía, veracidad, lealtad y justicia.

En el mundo en el que vivimos existe mucha intriga, calumnia y maledicencia, lo cual se ha convertido incluso en un pasatiempo, pero quien tiene conciencia de ello, puede tomar dos caminos, seguir esa tendencia o no conformarse con ello y comprometerse a erradicar el mal con el bien. Jesucristo nos pide que amemos a los demás, olvidémonos por lo tanto de ese "hombre viejo" que hacía de la crítica la dicha de su boca.

Que cada una de nuestras palabras y pensamientos sobre los demás tengan el signo de Cristo, manso y humilde. Busquemos sólo edificar, cortando con el más leve indicio de murmuración, para que al vernos se pueda decir lo mismo que se decía sobre los primeros Cristianos: "mirad cómo se aman".