Audacia

La verdadera audacia, dista de la imagen que el mundo muestra; NO es ese deseo violento de alcanzar un fin incluso poniendo su propia vida en peligro, NO es esa soberbia necia de superarnos a nosotros y a los demás, ese NO medir las consecuencias de nuestros actos. Todos estos son vicios del necio, temerario e imprudente.

Para vivir la virtud, la razón debe intervenir, por lo que la audacia debe ser conciente y reflexiva, debe tener como raíz las ideas y no las simples intuiciones o corazonadas.

Como virtud humana, nace de la Magnanimidad, es decir del animo que debemos tener los hijos de Dios de alcanzar cosas grandes, y no hay más grande empresa que el alcanzar el reino de los cielos.

Dice en los fundamentos de CiudadOración: "Tenemos que decirle al Señor, como le dijeron los hijos de Zebedeo: "¡podemos!" Nosotros contando con la ayuda de Dios, responderemos al Señor que podemos beber el cáliz que Él bebió, el cáliz de cumplir a cada instante la Santa Voluntad de nuestro Padre Celestial y permitirle así que Reine en nuestras vidas". Esta es la verdadera audacia.

El audaz virtuoso sabe que adquirir virtudes no es asunto imposible, sino de lucha, sabe que debe hacer el bien y aun sabiendo que no es empresa sencilla se lanza a hacerlo. Lleva al hombre a actuar por que vale la pena y no por lo absurdo.

Mientras más grande es la empresa que el hombre desea y espera realizar, mientras mayor sea su entrega a Dios y más clara sea su relación con el fin último del hombre, más grande debe ser la audacia.

Los medios necesarios para poder ser audaces son: Las virtudes que nos ayudan en la consecución de lo que buscamos, la experiencia, la ayuda de las personas que tenemos a nuestro al rededor y por encima de todo el auxilio que Dios nos presta.